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Todo por una luz

Como si fuera un pastor con su rebaño, el hombre camina entre los animales con una vara en la mano. Solo que no está ahí para cuidar a los lobos. Está ahí para cuidar el faro.
Es su bastón de mando con el que impone autoridad. Con esa vara y una actitud que no demuestra miedo, él está convencido de que los lobos saben quién manda ahí. Son miles. Y están por todos lados. Afortunadamente, su pesado cuerpo contrahecho no les permite subir la pendiente que los separa de la casa del farero.
Luis Eduardo Martínez es el encargado del faro de Isla de Lobos, y desde hace siete años cada 15 días, pasa 15 días mirando Punta del Este desde el mar.

“No verdad que sí”, responde cuando alguien a su lado afirma que su faro es una edificación muy linda, estilizada, casi elegante. Tiene más de 100 años, y sus condiciones no son las mejores, pero es tan atractivo que uno no deja de mirarlo. De hecho, cumple con su función, porque los faros están hechos para que los miren. Y cualquier luz en el cielo, cualquier nube amenazante solo le da más motivos para ser fotografiado.
Es diciembre, época de apareamiento. En el muelle de arribo a la isla se ven hembras pariendo, cachorros recién nacidos mamando de sus madres y machos peleando entre sí para guardar un lugar donde luego copularán con las hembras que ya parieron. La pelea fue dura. Los machos están lastimados, con tajos profundos en su gruesa piel, incluso algunos han perdido un ojo. Están enojados pero no son muy agresivos, hacen ruidos fuertes, guturales, cuando uno pasa, pero con un gesto rápido y firme con la mano, o con una vara, se alejan rápidamente. En esta época está prohibido salir del trayecto entre el muelle y el faro, para no ocasionar molestias a la población de lobos.
Luis conoce muy bien las reglas y como todo oficial de la Armada las respeta a rajatabla. A sus 42 años le faltan 40 meses para jubilarse como cabo de segunda. Es de Tacuarembó y es su último día de este turno en la isla. Mañana se irá para su casa, con su mujer y su hija de nueve años, trabajará de jardinero, y volverá para pasar fin de año con su ayudante Matías Ferreira, de 21 años, y los lobos.

Llegó a este faro a mediados del año 2000 como ayudante de farero. Aceptó ocupar esa vacante por la posibilidad que le daba de irse a su casa durante dos semanas seguidas. Cuatro años más tarde volvió a Montevideo a trabajar en su unidad, el Servicio de Iluminación y Balizamiento de la Armada (SERBA), y en 2011 volvió a la isla ya como encargado.

Habiendo nacido y crecido en el campo, cerca de Quiebra Yugos, en un punto en el mapa sin salida al mar, parece una ironía del destino que ahora trabaje rodeado de agua. Conoció el mar recién a los 19 años cuando se fue a Montevideo para ingresar en el Cuerpo de Fusileros Navales (FUSNA). “Nunca me imaginé ver tanta agua, extender la vista y que se perdiera en el horizonte. A veces lográs interpretar el mar, pero conocerlo no lo conocés nunca. Siempre está cambiando, siempre estás aprendiendo del mar. Vos sabés el día que llegás a la isla y tenés planificado bajar determinado día. Hoy, por cómo está el clima, nos sabemos si mañana amanece lindo o feo. Nunca sabés, es una lotería”, dice el farero.
El de la Isla de Lobos es el faro más alto del Uruguay, el segundo de América del Sur y uno de los más altos del mundo. Tiene una torre de 59 metros y una altura focal (desde el nivel del mar) de 67. Se inauguró el 18 de julio de 1906, y en ese momento funcionaba con un sistema de relojería que, mediante una pesa, hacía girar el faro, y daba un destello cada cinco segundos, como hoy. La luz provenía de una lámpara de carburo (o gas acetileno) y se podía ver a unas 12 millas (25 kilómetros). En 1957 el faro pasó a funcionar con energía eléctrica aportada por tres grandes generadores. Un motor hacía girar el faro que contaba con una bombilla de 1.000 watts. En 2001 se convirtió en el primer faro automatizado del país al funcionar con energía solar, con un banco de 20 baterías, 16 paneles solares y lámparas halógenas de 12 volts. En ese momento se llegó al alcance actual de 20 millas (38 kilómetros). Dos años atrás se pasó a cinco paneles y tres baterías, que es con lo que funciona hoy. En diciembre, si el día está lindo se prende automáticamente con una fotocélula a eso de las 19:50 y se apaga a las 5:10.
La principal tarea de Luis y su ayudante Matías es controlar que la carga de las baterías se haga correctamente y que el faro funcione sin problemas, para lo que debe subir los 240 escalones unas tres o cuatro veces al día. Durante la noche se turnan para hacer la guardia, y durante el día se dedican a tareas de mantenimiento de la sala de máquinas (donde están los generadores) y de la casa (una cómoda y amplia vivienda de tres dormitorios en impecable estado de limpieza y pintura), cortar el pasto y limpiar el motor de la zodiac, el gomón en el que se llega a la isla. El viaje desde el puerto de Punta del Este se hace en una embarcación particular contratada por la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (DINARA, a cargo de la administración de la isla), que a menudo tiene personal asentado en otro edificio cercano al faro, para estudios de investigación.
“Llega un momento en que la rutina de la isla te cansa”, asegura Luis. “Los trabajos son prácticamente todos los mismos, no varían. Y trabaja mucho la cabeza. Y cuando tenés problemas y tenés que subir (a la isla) obligado porque no hay quién te cubra, se hace difícil”. Por eso la felicidad de recibir visitantes en la isla no se compara con la de volver a casa.

El día siguiente amanece nublado, pero la incertidumbre cede cuando se confirma que el barco salió del puerto con los tripulantes del próximo turno. Cuarenta minutos y ocho kilómetros después está a pocos metros del antiguo muelle de la isla. Luis se hace camino entre los lobos y sale en el gomón a comenzar los viajes del relevo, que pueden llegar a ser hasta cuatro: provisiones para 15 días, bolsos, materiales de mantenimiento, tanques de gasoil.
Para lo que resta del regreso, una camioneta de la Armada los espera en el puerto para llevar a Ferreira a la terminal de Punta del Este donde se toma el ómnibus a su casa en Castillos, y a Luis (y los materiales vacíos) a la unidad en Montevideo. Dentro de 15 días, ese mismo mar lo verá volver, y el faro lo estará esperando.

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